Declaraciones del VicePresidente Mike Pence ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas

LA CASA BLANCA

Oficina del Vicepresidente

20 de septiembre de 2017

Salón del Consejo de Seguridad

11:16 A.M. HORA DE VERANO DEL ESTE

EL VICEPRESIDENTE: Sr. Presidente, Presidente Faki, Presidente Ramos-Horta, distinguidos miembros del Consejo de Seguridad, es un gran honor estar hoy con ustedes en la 72.º Asamblea General de las Naciones Unidas.

Reunidos en este histórico encuentro, sé que todos nuestros corazones están junto al pueblo de Puerto Rico, que actualmente enfrenta al huracán María y sus consecuencias, así como con el pueblo de la Ciudad de México, sobre todo ahora que los socorristas y las familias intentan salvar vidas y encontrar a los heridos, en este terremoto que ya se ha cobrado más de 200 vidas. En este encuentro, nuestros corazones y nuestras plegarias están con la población de Puerto Rico y con la población de México.

Estamos hoy aquí para hablar de lo que, según creo, es la misión más importante de las Naciones Unidas: mantener la paz.

Quisiera empezar agradeciendo a Etiopía por haber presentado la resolución de hoy sobre reforma en materia de mantenimiento de la paz. Fue para mí un honor, como vicepresidente de Estados Unidos, votar a favor de esta resolución.

Como lo señaló ayer el presidente Trump en su histórico discurso ante esta Asamblea General, cada uno de ustedes —en sus propias palabras— “debería siempre poner por delante a su propio país, y nosotros siempre pondremos en primer lugar a Estados Unidos”.

Pero como espero que quede demostrado con sus palabras y también con nuestra presencia aquí, Estados Unidos primero no significa solo Estados Unidos. Como lo manifestó el presidente, “seremos por siempre un amigo leal para el mundo”.

Y es en función de ese compromiso que me envió aquí hoy a este Consejo de Seguridad, a fin de reiterar nuestro llamamiento a que se implementen reformas fundamentales de las áreas de mantenimiento de paz de la ONU, y nuestra determinación de que esta institución haga incluso más para mantener la paz en el mundo en general.

El presidente Trump y yo tenemos la convicción de que la ONU debe tomar medidas para que estas operaciones de mantenimiento de la paz sean más eficientes, más efectivas, más creíbles y tengan mayor rendición de cuentas.

La embajadora Haley ha expuesto previamente los principios de Estados Unidos para la reforma en el área de mantenimiento de la paz, y todos estamos familiarizados con ellos.

Las misiones de mantenimiento de la paz deben contribuir a una solución política; contar con el consentimiento del país receptor; sus mandatos deben ser realistas y factibles; toda misión debe tener una estrategia de salida; y las misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas deben adecuarse a los avances y los fracasos.

En resumidas cuentas, cuando una misión prospera, no deberíamos prolongarla. Cuando una misión tiene un desempeño inferior al previsto, deberíamos reestructurarla. Y cuando una misión no cumple reiteradamente con los mandatos establecidos por este consejo, deberíamos concluirla.

Exhortamos a las Naciones Unidas a analizar todas las operaciones de mantenimiento de la paz a la luz de estos principios, de modo que estas misiones puedan promover, de la manera más efectiva, la paz en todo el mundo.

En definitiva, mantener la paz es un elemento esencial de la misión de las Naciones Unidas. Las primeras palabras de la carta de la ONU aluden a “mantener la paz internacional”. Y apenas ayer, el presidente Trump invitó a este órgano extraordinario a abocarse nuevamente a este noble objetivo, y yo mismo lo hago hoy en nombre de nuestra nación y ante este Consejo de Seguridad.

La historia dice que las Naciones Unidas nacieron de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más destructivo en la historia del mundo.

Estados Unidos de América y sus aliados resultaron victoriosos. Pero en el marco de esa victoria, nos comprometimos a impedir que dictadores y demagogos nunca más amenazaran la paz que habíamos conseguido con nuestro sacrificio conjunto.

Como nos lo dijo entonces el presidente Harry Truman, sirvió para —en sus propias palabras— “poner freno a los desquiciados que aspiran a dominar el mundo” y además para reunir una vez más a “un poderoso conjunto de naciones fundadas en la justicia y la paz”, cita literal. Y entonces fundamos este órgano excepcional, las Naciones Unidas.

Esa fue el lema de las Naciones Unidas en el siglo XX, y debe serlo nuevamente en el siglo XXI.

Pero para mantener la paz no bastan las acciones de mantenimiento de la paz. Se requiere de acciones y de la determinación inquebrantable de cada uno de los países que hoy están reunidos aquí.

Como lo señaló ayer el presidente Trump, una vez más nos enfrentamos —en sus propias palabras— a aquellos que nos amenazan con la posibilidad de caos, confusión y terror, que pretenden socavar la soberanía, la prosperidad y la seguridad, es decir, todo lo que el Presidente denominó “pilares de la paz”.

En Europa del Este, Rusia sigue comprometiendo la soberanía de sus vecinos e intenta redefinir por la fuerza las fronteras internacionales.

El terrorismo islámico radical sigue asediando a las naciones, con atentados barbáricos en Barcelona, París y Londres.

En Medio Oriente, el principal Estado que financia el terrorismo sigue violando el espíritu del Acuerdo con Irán, desestabilizando la región y amenazando abiertamente la seguridad de naciones soberanas.

Y como lo ha visto el mundo en los últimos días, el régimen depravado de Corea del Norte sigue adelante sin tregua en el desarrollo de armas nucleares y misiles balísticos. Y ahora, como lo señaló el Presidente, “amenaza al mundo entero con la pérdida de vidas humanas de una magnitud inconcebible”.

Estados Unidos se siente agradecido de que este Consejo de Seguridad adopte por unanimidad dos resoluciones que imponen nuevas sanciones al régimen de Corea del Norte.

Pero seamos claros al respecto: Estados Unidos de América seguirá ejerciendo todo el espectro del poder estadounidense sobre el régimen de Pionyang. Seguiremos haciendo valer la presión económica y diplomática —nuestra y de países de todo el mundo— para exigir que Corea del Norte desista de sus programas nucleares y de misiles balísticos.

Como lo manifestó ayer el presidente, Estados Unidos tiene “enorme fortaleza y paciencia”, pero estamos considerando todas las opciones. Y si nos vemos obligados a defendernos a nosotros y a nuestros aliados, lo haremos con un poder militar que sea eficaz y avasallador.

Instamos a las Naciones Unidas y a este Consejo de Seguridad a hacer más para mantener la paz, y hacer mucho más para afrontar la amenaza que representa Corea del Norte.

Por último, y para que la paz sea más efectiva, este órgano debe tener credibilidad para impulsar la paz promoviendo la causa de los derechos humanos.

No es casual que algunos de los regímenes más peligrosos del mundo sean, además, algunos de los que cometen los más graves abusos de derechos humanos.

En Irán, Corea del Norte y otros regímenes despóticos, vemos que se repite una verdad histórica: aquellos que subvierten la libertad de su propio pueblo, también atentan contra la soberanía y la seguridad de otros países.

Las Naciones Unidas están obligadas, conforme a su Carta, a fomentar la “cooperación internacional… y ayudar a hacer efectivos los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos”.

Ese es el objetivo en virtud del cual se creó el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Pero lo cierto es que el Consejo de Derechos Humanos no merece el nombre que tiene.

Si observamos a los actuales miembros del consejo, vemos naciones que traicionan estos principios atemporales sobre los cuales se fundó la institución. En la actualidad, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en realidad atrae y acoge a los más graves responsables de violaciones de derechos humanos en todo el mundo. Una clara mayoría de los miembros del Consejo de Derechos Humanos no cumplen ni siquiera los estándares más básicos de derechos humanos.

Cuba ocupa un asiento en el Consejo de Derechos Humanos, y es un régimen opresivo que ha reprimido a su pueblo y encarcelado a opositores políticos durante más de medio siglo.

Venezuela ocupa un lugar en el Consejo de Derechos Humanos, y es a la vez una dictadura que en todo momento debilita la democracia, encarcela a opositores políticos y, mientras hablamos, está impulsando políticas que agudizan las privaciones y la pobreza que se están cobrando la vida de hombres, mujeres y niños inocentes.

Este órgano debe reformar las condiciones de membresía del Consejo de Derechos Humanos y su funcionamiento. En cuanto a su gestión, pienso en lo que nos advirtió el presidente John F. Kennedy hace más de 50 años, acerca de que las Naciones Unidas no deben convertirse —en sus palabras— en un “foro para la invectiva”. Lamentablemente, hoy el Consejo de Derechos Humanos se ha convertido exactamente en eso y, en particular, se ha vuelto un foro para el antisemitismo y la invectiva contra Israel.

El tema siete de la agenda del consejo individualiza a Israel como tema de debate en cada reunión, algo a lo que no se somete a ningún otro país. Como evidencia de esto, puedo mencionar que el Consejo de Derechos Humanos ha aprobado más de 70 resoluciones de condena contra Israel, al mismo tiempo que se ignora casi totalmente a los más graves responsables de violaciones de derechos humanos.

Se trata, como lo señaló el presidente Trump ayer, de “algo absolutamente avergonzante”. E instamos al Consejo de Seguridad y a la totalidad de este órgano a adoptar inmediatamente las reformas en materia de membresía y de prácticas del Consejo de Derechos Humanos, y a poner fin a la actuación manifiestamente tendenciosa del Consejo contra nuestro preciado aliado Israel.

Durante la presidencia de Trump, Estados Unidos de América tendrá un firme compromiso con la causa de los derechos humanos, pues estamos comprometidos con el mantenimiento de la paz.

Mantener la paz requiere de mucho más que de medidas de mantenimiento de la paz. Requiere acciones y reformas. Y por último, requiere además de la voluntad de denunciar ataques absurdos contra personas inocentes en todo el mundo.

En este preciso momento, en el Sudeste Asiático, vemos congoja y ataques a los derechos humanos y a civiles inocentes que, en definitiva, ponen en riesgo la soberanía y la seguridad de toda la región.

En las últimas semanas, el pueblo de mi país y el mundo en general han visto una enorme tragedia en Birmania contra el pueblo rohinyá.

Recientemente, las fuerzas de seguridad de Birmania respondieron a ataques de milicias contra puestos de avanzada gubernamentales quemando aldeas y expulsando a los rohinyás de sus viviendas. Las imágenes de la violencia y sus víctimas han conmovido al pueblo estadounidense y a las personas decentes de todo el mundo.

Y ahora estamos presenciando un éxodo histórico. Más de 400.000 rohinyás —incluidas decenas de miles de niños— han sido obligados a huir desde Birmania hacia Bangladés, y esta cifra crece cada día.

Ayer, el secretario de Estado Tillerson habló sobre los refugiados rohinyá con Aung San Suu Kyi e instó al gobierno y a las fuerzas militares de Birmania a facilitar la ayuda humanitaria y a responder a los señalamientos de violaciones de derechos humanos.

Y si bien consideramos positivos los comentarios expresados por Suu Kyi acerca de que los refugiados que regresen no tienen nada que temer, Estados Unidos renueva su llamamiento a que las fuerzas de seguridad birmanas pongan fin a su violencia inmediatamente y apoyen los esfuerzos diplomáticos que procuran alcanzar una solución a largo plazo.

El presidente Trump y yo también instamos a este Consejo de Seguridad y a las Naciones Unidas a adoptar medidas enérgicas y rápidas para terminar con esta crisis y dar esperanzas al pueblo rohinyá en un momento de necesidad.

A menos que se detenga esta violencia —algo que debe hacerse en nombre de la justicia— la situación no hará más que agravarse. Y sembrará las semillas del odio y del caos, que podrían consumir a la región por varias generaciones y poner en jaque la paz de todos.

Como lo dije antes, para mantener la paz no basta con el mantenimiento de la paz; se necesita acción, valentía y convicción. Y por eso las Naciones Unidas deben estar preparadas para hacer más.

Como lo dijo ayer el presidente Trump, “si las personas íntegras, que son la mayoría, no se oponen a los malvados, que son la minoría, entonces triunfará el mal. Cuando las personas y las naciones decentes se convierten en meros observadores de la historia, las fuerzas de la destrucción no hacen más que acumular poder y fortaleza”.

Entonces, volvamos a abocarnos a la misión para la cual se fundó este órgano. Las primeras palabras plasmadas en la Carta de la ONU relativas a “mantener la paz internacional” deben ser una vez más nuestra guía, nuestro ideal y nuestra fuente de inspiración.

Mediante la reforma de nuestros esfuerzos y la reforma de esta institución, y una renovada valentía de hablar y actuar cada vez y en cada lugar donde estén en riesgo los derechos inalienables de personas inocentes, o la paz del mundo, vamos a generar —como lo dijo nuestro presidente— un futuro más seguro y pacífico para toda la humanidad.

Como lo pudo ver ayer el mundo, nuestro presidente es un hombre de gran convicción y fe: fe en Dios y fe en la capacidad ilimitada de las naciones y los pueblos fundados en la paz y en la justicia de hacer del mundo un lugar mejor.

Hoy rezo para que esta institución pueda reflejar esa convicción de nuevas maneras, con la fe de que si “procuramos tener paz”, el Dios de la paz nos guiará y nos bendecirá, hoy, mañana y por siempre, en esta generación y para nuestra posteridad.

Gracias, Sr. Presidente, por sus palabras y que Dios los bendiga a todos.

Esta traducción se proporciona como una cortesía y únicamente debe considerarse fidedigna la fuente original en inglés.